Gorka empieza por G. No es ni mejor ni peor que cualquier otro nombre que empiece por cualquier otra letra, pero es el mío y empieza por G. Esto tiene su gracia, su gloria y su gusano, que también empieza por G.

G42

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42, es el número que va detrás del 41 y antes del 43. Es un número que, a priori, no dice nada. Yo no recuerdo ninguna película, ni ningún libro, ni ninguna canción que lleve ese número en su título. Sin embargo el 42 es mucho más de lo que parece.

Por ejemplo, el 42 es el número atómico del Molibdeno.

Dice la Wikipedia que su representación binaria es 101010 y por ese motivo adquiere gran significado para la cultura geek o friki.

El 42 es el último de la serie de números mágicos de “Lost”.

42 son el número de largos que últimamente hago en la piscina.

Y hay un grupo que se llama Level 42.

Entre otras muchas cosas.

Además, si le das la vuelta, se convierte en 24. Y hoy, 24 de mayo, yo cumplo 42 años. ¿Tiene eso algo de mágico? Nada (que yo sepa).

Hoy cumplo 42 años y no los he visto venir a pesar de haberlos vivido. Han llegado de golpe y se me han subido a la espalda. Un año más. La vida me ha ido trayendo a este punto en el que me encuentro, con todas sus indefiniciones y todas sus incógnitas aún por resolver. Y yo me encuentro ante un mapamundi lleno de países que visitar, un listado de canciones que aún no he escuchado, una dieta incesante para perder peso sin perder la alegría, la emoción de saber que Pedro Almodovar vuelve a rodar, que Ana Belén sigue cantando, que no estoy solo porque tengo alrededor a una familia, unos amigos, unos conocidos y otros por conocer y una tarta de zanahoria haciéndose en el fuego ya que, en un rato, quiero soplar las velas para desearme mucha felicidad (en vuestra compañía).

Pediré que se acabe el maltrato animal, que salgamos adelante, que los poderes políticos, sociales, militares y seculares dejen de serlo tanto, que siempre llueva a gusto de todos, que sople el viento a nuestro favor, que cada oveja encuentre a su pareja y yo a la mía y que llegue un día en el que el chocolate no engorde aunque vaya insertado en una madalena.

Y que todos lo veamos!!!

Quiero aprovechar este momento para felicitar a Bob Dylan, Priscilla Presley, Kristin Scott-Thomas y John C. Reilly que también cumplen años hoy (aunque no necesariamente 42).

  Bob Dylan tocando algo como “Blowin’ in the wind”.

 Priscilla Presley, guapetona!!!

 Kristin Scott-Thomas como Katherine en una de mis películas favoritas: “El paciente inglés”, donde se pronuncia esta hermosísima frase: Nosotros somos los auténticos territorios, no las fronteras dibujadas en los mapas con nombres de hombres poderosos”.

 John C. Reilly en otra de mis películas favoritas, “Magnolia”, donde Julianne Moore pronuncia la frase: “Shame on you, shame on you”.

Vamos a por el futuro que empieza ya!!!

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Hoy, mientras nadaba, he decidido compartir contigo una de mis mayores aficiones: la cocina. Y buscando un concepto que empiece por G, me he dado de morros con el más adecuado que podría existir en el diccionario: GOURMET.

Pero no te asustes, no se trata de un GOURMET ambicioso y sofisticado con ingredientes imposibles de encontrar en el Mercadona. Lo que te voy a proponer es disfrutar cocinando, realizar platos sencillos pero impactantes, te sugeriré detalles que conviertan una simple merienda en toda una sensación. Pequeñas cosas para que transformes tu cocina, por pequeña que sea, en un hermoso taller de aromas, colores y sabores y tu paladar en el tobogán de las emociones.

Lo primero de todo es lavarse bien las manos antes de empezar a cocinar. Está bien, puedes pensar que no has tocado nada que contenga partículas nocivas, pero es muy fácil rascarse los… sin darse cuenta. Por prevención, “antes de tocar cualquier alimento, lávate contento”. Si repites esta frase muchas veces la acabarás naturalizando y no tendrás que pensar en ella. Vendrá sola.

Después de este consejo, ya estás preparado para empezar a cocinar. Hoy te voy a proponer un plato delicioso, sencillo de hacer y muy sabroso.

ROLLITOS DE CECINA.

Ingredientes: 200 gramos de cecina, cortada en tajadas no muy finas.

Preparación: Enrollas cada tajada de cecina sobre si misma haciendo un rollito y te la comes.

¿Ves? Lo prometido es deuda: Un plato sencillo, divertido y que a todo el mundo gusta. 

Nota: Siguiendo esta receta también puedes preparar rollitos de jamón de York, de chopepor y de pechuga de pavo.

Nota 02: Incluso puedes colocar en un mismo plato un rollito de chopepor, otro de cecina, otro de York y otro de pavo. Es muy importante que uses tu imaginación. ¡No seas vago!

Una tajada de cecina antes de haber sido enrollada sobre si misma haciendo un rollito.

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Cuando uno (o sea yo, pero también cualquiera) tiene deseos de aprender ya se encarga la vida y sus alrededores de enseñarle.

Como ya sabes, estoy leyendo un libro de pocas páginas pero con el que tengo grandes expectativas. Yann Martel no me puede fallar. Y así ha sido, de tal forma que he puesto el dedo en la página 63 y me he lanzado a escribir esta entrada antes de perder el efecto sorpresa y asimilar demasiado el gran descubrimiento que acabo de hacer minimizando lo que ahora siento.

Es posible que también sepas que gracias a Javi y a Gi tengo una vinculación muy especial con Argentina y, más aún, con Buenos Aires donde ya he recalado 4 veces en mi vida (y las que me quedan, espero). Además, por si esto fuese poco, la mitad de la única (por ahora. No cejo) película de la que soy guionista, se escribió y se rodó allí. En aquella ciudad he aprendido, me he construido desde cero y me he familiarizado con términos que en España, o no se usan o se dicen de otra forma. Hablo de bombachas, ojotas, bancarse, minas, cholulos… Pero hay otros términos a los que nunca les había dado explicación. Una de ellos es BIROME. ¿Sabes lo que es un birome? Pues un bolígrafo. Así es como les llaman allí. ¿Por qué? Pues no lo sé, y nunca me he movilizado por averiguarlo. Pásame el birome, anda.

Yann Martel es canadiense, hijo de diplomáticos, y por ese motivo nació en España. Pasó parte de su infancia en países y lugares tan dispares como Francia, México y Alaska. Ya de adulto ha vivido en Irán, en Turquía y en la India. Lo que viene a ser un tipo viajado y con grandes inquietudes culturales. Y eso se traduce en sus libros, que son inquietos, cosmopolitas y cargados de información.

 

“La historia de la familia Roccamatio de Helsinki” no podía ser de otra forma. De hecho lo es más que ninguna de las otras, quizá por su condensación o quizá por la temática expuesta. Me enfrento a ella con entusiasmo. Me imbuyo en el drama de Paul y en la ayuda que supone para él el propio Yann y me apasiono con el juego que se proponen el uno al otro para superar la que se les viene encima. Desde 1901 hasta su día de hoy (1986) se inventan los devenires de la familia Roccamatio asociados a los propios de la historia real. Así, año a año, cada uno de los personajes destaca un acontecimiento histórico no necesariamente universal. Llego a 1936 y dice Yann Martel: “Estalla la Guerra Civil española, excepcional por su cruenta ferocidad” (pagina 62). Y el libro continúa y en la página 63 llego a 1938 y dice Yann Martel: “Lazlo Biro, un argentino nacido en Hungría, inventa el bolígrafo”. Y mi cerebro da una cabriola porque de pronto ha descubierto el sentido de algo que antes no lo tenía. Hé aquí el origen del término birome para definir a los bolígrafos en Argentina. De su creador, el señor Biro. ¿No es genial? 

 Aquí una publicidad de biromes.

 Aquí un montón de biromes de la marca Peters.

Y ahí me he quedado hasta esta noche que continúe enfilando los últimos años de la familia Roccamatio y de nuestra historia reciente.

 

Entre acontecido y acontecido yo voy escribiendo mi propia historia.

 

Como la de esta tarde, que he ido con Jose + Jose al cine a ver “Sombras tenebrosas”, de Tim Burton. No es un director que me guste. Le alabo los imaginarios que crea en torno a sus películas pero no me parece ni buen director ni buen contador de historias (o por lo menos no de los mejores), aunque esas historias sean muy conocidas, tal es el caso de “Alicia en el país de las maravillas”. Como podía esperar, “Sombras tenebrosas” no me ha gustado. Me parece gratuita en sus contenidos y vacía en sus emociones. Lo único que me parece destacable es la interpretación (la presencia, mejor dicho) de Michelle Pfeiffer, que siempre es tan agradecida y una banda sonora inesperada con temas de, entre otros, los Carpenters, que da gusto escuchar (un ratito).

 El poster original de “Sombras tenebrosas”. Un blufff…

De regreso a casa, Juan (Juantxo) me ha prestado su bici para que pruebe como se me da el ciclismo por Madrid. Con la estática no tengo inconvenientes pero veremos con la móvil, porque mi barrio está lleno de cuestas, de hecho yo vivo en una de ellas. Me hace mucha ilusión tener una bicicleta y pasearme por Madrid Río, especialmente de noche, cuando hay poco tránsito de personas y vehículos. Ya te iré contando mis evoluciones. Lo que si que te puedo adelantar es que la he puesto de nombre GONZALA, para que empiece por G. Con GONZALA ya me he dado mi primer paseo por la calle Calatrava.

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Ya estaba en la cama pero la sorpresa (por inesperada) de terminar de leer un libro de 900 páginas me ha hecho levantarme de nuevo para escribir estas líneas.

Después de deambular por libros más o menos sesudos, más o menos alternativos y más o menos esnobs cayó entre mis manos, como la manzana de Darwin, lo último (o puede que penúltimo porque el autor es altamente prolífico) de Stephen King. Se titula “22/11/63” y lo he devorado con el ansia y el disfrute de quien se come una mus de chocolate bien dulce y bien sabrosa. Puede que Stephen King no gane nunca un Nobel o un Pulitzer pero tiene las claves para agarrarte y no soltarte hasta que decide poner fin. Es cierto que no he leído todas sus novelas (de hecho he leído más bien pocas para lo mainstream que es: “It”, “Misery”, “Dolores Claibourne”…). Tampoco he visto todas las películas basadas en sus libros (aunque alguna me parece maravillosa como “Cadena perpetua”, otras me han aterrorizado como “Carrie” o “El resplandor” y otras me han hecho llorar prácticamente desde el fotograma uno hasta dejarme los ojos secos como “La milla verde”).

Quizá el título de “22/11/63” no te diga nada. Si piensas que es una fecha aciertas. Y si buceas en la historia descubrirás que se trata del día que Lee Harvey Oswald atentó contra John Fitzgerald Kennedy acabando con su vida y con la inocencia del mundo si es que alguna vez la tuvo. Las tapas del libro son ásperas (muy ásperas, te animo a que lo toques si te cruzas con él en alguna estantería), quizá tratando de emular la textura de los periódicos (recuerdo que Eva puso un gesto de desagrado cuando lo rozó segundos antes de que lo comprara) y la premisa es genial: ¿Qué pasaría si tuvieras la posibilidad de viajar en el tiempo y evitar el magnicidio? De eso trata la novela. No es de terror pero tiene apuntes de thriller que te electrizan la piel. Es una ficción con notas reales de políticas donde uno aprende (si quiere) bastante de la tensa situación en la que se encontraban EEUU, URSS y Cuba a principios de los 60, de las diferencias entre clases, sexos y razas que empezaban a difuminarse (pero no tanto), de la historia reciente que nos ha convertido en lo que somos y, además, te permite imaginar lo que hubiésemos podido ser si Jake Epping hubiese matado a Oswald antes de que Oswald matase a Kennedy. Las opciones son infinitas y la aventura como las burbujas de la Cocacola al abrir la botella por primera vez. Yo te animo a que des ese primer sorbo y te dejes llevar.

 En foto no se aprecia lo rugoso de su cubierta. 

Cuando uno (o sea, yo) termina una novela de semejante calibre (y me refiero a extensión) se queda vacío. Afortunadamente tengo los estantes llenos de libros y siempre hay alguno que brilla para el relevo. De forma más inmediata. Otra cosa no, pero libros…

Y he dado un salto cualitativo pero sobre todo cuantitativo. De 900 páginas he pasado a 90, de las que deberíamos quitar 14 de prólogo, por lo tanto quedan… ¿76? de texto. De un título tan numérico como “22/11/63” a otro casi tan largo como las 76 páginas que ocupa: “La historia de la familia Roccamatio de Helsinki”. Y de un autor tan popular como Stephen King a uno menos conocido como Yann Martel.

 

Hablemos de Yann Martel. Hace unos años, muchos ya, paseé mis dedos por las mesas expositoras de La casa del libro deteniéndome en ese titulado “Vida de Pi”. Tuve la mala suerte de no haber dado con él por recomendación previa y de leer la contraportada. Desde entonces, a las miles de personas a las que he animado a su lectura o regalado un volumen les he pedido encarecidamente el compromiso de que no acercaran sus ojos, ni por un instante, a esa dichosa reseña que desvela tanto, pero tanto, que arruina cada sorpresa (y son muchas). Nunca me lamentaré de haber pagado por “Vida de Pi” porque me parece uno de los libros más maravillosos que se han escrito y que se escribirán.

Otra diferencia entre Stephen King y Yann Martel es que el primero es prolífico de más y el segundo es prolífico de menos. Pasaron como 7 años antes de que publicara su siguiente novela “Beatriz y Virgilio”, casi un ensayo, casi metaliteratura, igual de emocionante pero por ansiado mucho menos revelador y querido. Aún así me lo comí por los cuatro costados sin pestañear. Pasaron también 5 años (o más) hasta que la Editorial Destino publicara el primer libro de Yann Martel, anterior a “Vida de Pi” que es este de 76 páginas útiles que ahora tengo entre mis manos. “La historia de la familia Roccamatio de Helsinki”. ¡Que extraño y sugerente al mismo tiempo! Hasta la página 32 (sobre 90) no sabes el motivo de semejante título pero yo ya voy por la 33 (sobre 90). Yann Martel vuelve a utilizar esa forma de narrar. Quiero decir, debuta en la literatura utilizando esa forma de narrar que posteriormente emplearía como igual gracia y fortuna en “Vida de Pi” y “Beatriz y Virgilio”. Y a estas alturas, a solo 57 páginas (sobre 90) de terminarlo, puedo aventurarme a decir que no me va a defraudar y que me va a emocionar en la misma medida en la que lo hicieron sus predecesores (que en realidad son sus sucesores). Aunque siempre sale y saldrá ganando “Vida de Pi” porque fue el primero y, objetivamente, el mejor.

En unos meses llegará a las pantallas “Vida de Pi”, la película, dirigida por Ang Lee (que siempre pensé imposible de filmar). Y, como confío en el director, creo que será una experiencia inolvidable ver a Piscine Pattel y Richard Parker en la pantalla. Hasta entonces, seguiré con la ilusión de descubrir libros que me marquen tanto como los de Yann Martel o dejándolos a medias sin mayores miramientos, que las estanterías están demasiado llenas para andar dando oportunidades.

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Cada uno se busca las emociones vitales donde quiere o donde puede. Es por eso que he anunciado mi casa en la página de Idealista.com para ver que puede pasar y embarcarme en lo que sea que suceda. De momento solo me ha llamado inmobiliarias pero el viernes, a través de la web indicada, recibí un mensaje que dice: un usuario ha rellenado el formulario de contacto en tu anuncio código de contacto blablablá. El caso es que lo abro y me encuentro con el siguiente mensaje en inglés y que ahora paso a traducir: “Soy Gary y estoy interesado en tu propiedad y quiero saber si está todavía disponible y el mejor precio de venta”.

Hasta aquí todo normal, incluida mi respuesa, en castellano, que ahora paso a traducir al inglés:” Hi, Gary!!! Mi property is still available, and the price is XXX euros. Thanks for your interest!!!”

Y según le di a enviar me olvidé de él. Continué haciendo mi vida normal hasta que esta mañana recibo, nuevamente a través de Idealista.com, un nuevo correo de Gary que paso a traducir (y aquí es donde empieza lo emocionante):

“Hola, querido; cómo estáis tu y tu familia? Rezo para que todos estéis sanos y bien. Quiero agradecerte lo rápido que respondiste acerca de tu propiedad y ojalá te pueda transmitir que sinceramente estoy muy interesado en ella y te aseguro que puedo comprarla en el precio que propones. Espero que podamos trabajar juntos en una mejor y más alta plataforma considerando mi traslado a tu país (esto último no lo entiendo… ¿Trabajar juntos? ¿Qué plataforma? ¿De qué estamos hablando, Gary?). Sinceramente quiero confiar en ti.

Soy un veterano de guerra alistado por la OTAN en Afghanistan, en la lucha contra el terrorismo. He servido en la 1ª División armada en Baghdad, Iraq y ahora sirvo en Afghanistán.

Necesito esta propiedad para intereses privados en la medida en la que estoy trasladándome a tu país por razones de seguridad y por eso he contactado contigo, para que pongamos nuestros esfuerzos comunes en mi plan de inversión. Al hilo de esto es importante para mi contarte que tengo en mi posesión la suma de 18.2 millones de dólares que conseguí de negociar (traficar, diría yo) con petróleo en Iraq. He sido trasladado a Afghanistán pero tengo este dinero en una caja en Iraq y tan pronto como leí  tu interés en asistirme me comuniqué contigo para enviarte el dinero con la ayuda de un avión de carga de la cruz roja.

Tengo el dinero guardado en un lugar muy seguro en nuestro campamento de Fallujah, Iraq, esperando que llegara un momento como este y darle un buen uso y ahora que me he movido a Afghanistán quiero mover también la caja con el dinero sin demora. Tengo planes muy rentables entre manos y no puedo llevar el dinero a los Estados Unidos porque estaré en tu país por lo menos los próximos 5 años, por eso necesito alguien en quien poder confiar. Si aceptas tranferiré el dinero a tu país y tú serás el beneficiario porque en estos momentos estoy tratando de arreglar unos asuntos con el Pentágino y no puedo pasearme con semejante cantidad, así que tengo que presentar a alguien como beneficiario. Soy un oficial americano e inteligente (¿Eso es posible?) y por eso puedo transferir el dinero a través de correo diplomático. Solo necesito que aceptes y listo.

Por favor, si estás interesado en esta transacción te daré todos los detalles necesarios para que se complete con éxito. He decidido contar con alguien real y no imaginario y por eso he acudido a una site donde puedo asegurarme de que contacto con alguien real. Creo que puedo confiar en ti. Soy muy cuidadoso con la forma de comunicarme para reducir toda clase de riesgo hasta que el dinero esté finalmente bajo tu custodia. Yo me comunicaría a través de email y te llamaría si eso fuese necesario para informarte de cualquier información importante que se diera. Quiero que seas valiente como yo lo soy teniendo todo bajo control. Tengo todas las pruebas de que este fondo está en mi posesión y te lo puedo demostrar para que compruebes que es auténtico.

Si no estás interesado no respondas a este email y por favor, borra este mensaje. Si no respondes en 3 días buscaré a otra persona. Hago esto en confianza por lo tanto querría dejarte de lado de cualquier acto de avaricia o de estafa teniendo en cuenta que ambos tenemos muchas ganancias invertidas en esta relación de negocios. 18.2 millones de dólares es un montón de dinero y el sueño de cualquiera. Estoy en Afghanistan en este momento y necesito asegurar el dinero y enviártelo si llegamos a un acuerdo apropiado. Te estoy escribiendo desde una dirección de correo electrónico privada, por favor, borra este mensaje si no estás interesado en trabajar conmigo.

Espero que te pongas en contacto para recibir más detalles y seguir adelante. En menos de 5 días el fondo de dinero te debería haber llegado y yo iría después a por mi parte. Te daré el 20% de la suma total y el 80% es para mi. Confío en estar siendo generoso con este trato.

Recuerdos, Gary”.

¿Qué te parece? Toda la vida jugando a la Primitiva y ahora resulta que el que me va a sacar de pobre es mi buen amigo Gary, oficial de la OTAN destinado en Afghanistán. ¿Cómo te quedas?

Al momento he abierto el correo y he dado a Replay. Y le he dicho: “No”, que en castellano sería: “No”.

  Será Gary alguno de estos???

Y luego me ha dado pena Gary, que ha escrito tanto para recibir como respuesta un escueto NO, pero también me he dado cuenta del tiempo que me ha llevado traducirle, así que debe darse por compensado. Gary, donde quiera que estés, que seas muy feliz y no mates civiles. Besos!!!

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Hace unos días la revista Time Out publicó una lista con las 100 mejores películas de terror de la historia, avalada por prestigiosos críticos, cineastas y frikis de cualquier calaña. Muchas de ellas ya las había visto pero otras no, así que esta noche me he animado y le he dado al play a la que ocupa el número 39. Una producción británica de 2005 titulada “The descent”. En ella un grupo de mujeres, 6 más exactamente (de las que, como es habitual en este tipo de películas, solo puede quedar una), se lanzan a la aventura de la espeleología en unas grutas nunca antes transitadas (o eso creen ellas). Lo que parecía una aventura apasionante se convierte en una tragedia de proporciones dantescas, allá, en las profundidades de la tierra.

 

En Barakaldo, más concretamente en El Regato, hay (o por lo menos había) una gruta conocida como “la cueva de los elefantes”. ¿El motivo de ese nombre? Pues no lo sé, pero si has sido adolescente en Barakaldo lo suyo es que alguna vez te hayas adentrando en las entrañas de la tierra para atravesarla. Porque la cueva de los elefantes tenía entrada y salida y nosotros nos lo tomábamos como una ginkana a pesar de los riesgos que entrañaba. Entre otras cosas había un pozo que no tenía fin. Se rumoreaba que si tirabas una piedra no se oía cuando tocaba el fondo. De hecho yo creo que el Ayers Rock, en el desierto australiano, esa roca tan misteriosa, se ha formado por la cantidad de piedras que los barakaldeses tirábamos al pozo sin fin. Para cruzarlo había que pegarse muy bien a la pared y subirse a un tronco que alguien había colocado allí para que el Ayers Rock, además de por piedras, no estuviese constituido por barakaldeses. Esa era la primera gran prueba a superar, pero éramos jóvenes y habíamos visto “Los Goonies” y nada nos daba miedo. El miedo vino después, con los años.

El Ayers Rock, protuberancia australiana producida por las piedras que los barakaldeses tirábamos al pozo sin fondo de la cueva de los elefantes.

Te arrastrabas, saltabas, esquivabas, te ensuciabas… Recuerdo especialmente un pasaje de la gruta que te obligaba a retorcerte como un lagarto, sentir la presión de las rocas sobre el pecho y dejarte caer hasta que tus pies tocaban el suelo. Ese era el último escollo a salvar. Después solo quedaba caminar por piedras húmedas, la mayor parte del año encharcadas y asomar de nuevo a la luz del sol (que en Euskadi eso es decir mucho). Todos sabíamos que el camino de vuelta se hacía por el exterior. Nadie, en su sano juicio, habría regresado por dentro porque era material y físicamente imposible.

La cueva de los elefantes representa un símbolo de mi niñez y adolescencia. Aquellas excursiones programadas y otras a espaldas del mundo. Aquellos riesgos que ahora, con 41 años, no sabría valorar en grado y medida. Aquellas emociones en cuadrilla, muy al estilo de “Verano azul”. Luego crecimos.

Y al crecer volvíamos a El Regato pero con otros fines, como el de adentrarnos río arriba hasta una explanada muy apropiada para extender las toallas y jugar quinitos interminables en los que acabábamos borrachos como piojos. Pero esa es otra historia que no tiene nada que ver con las grutas y las cuevas.

 

Sin embargo, una vez fusionamos alcohol y aventura y nos fuimos toda la cuadrilla a las cuevas de Sámano, en Castro, con la intención de pasar la noche en una playita hermosa que las aguas filtradas por la roca creaban en el interior de la tierra. Nos armamos con sacos de dormir, con tiendas de campaña y con un montón de tetra bricks de vino y botellas de vodka. Nada hacía presagiar que aquella noche podría haber sido la última de nuestras vidas y ya estábamos entrados en la veintena como para calibrar el riesgo corrido. Y es que nosotros no somos espeleólogos, ni siquiera aficionados a la espeleología, e íbamos calzados con zapatillas de paseo a lo que, sin duda, era una trampa mortal para veinteañeros de ciudad.

  Modelo de zapatilla que hubiéramos podido llevar para hacer espeleología en las cuevas de Sámano.

Para descender al cauce del río interior había que bajar por unas escarpadas rocas deslizantes con el único apoyo de tus manos. Recuerdo ver caer una botella de Cocacola al vacío y, al momento, desear creer en Dios para encomendarme a alguien. El río, que nos aseguraron que como mucho llegaba hasta el tobillo, había sufrido una crecida y, en determinados tramos, nos calaba hasta el pecho, eso por no hablar de los sacos de dormir que se convirtieron en torrijas bien empapadas. La famosa playa era una explanada llena de surcos que, menos acogedora era de todo. Eso si, había unas estalactitas preciosas, formadas desde hacía tantísimo tiempo que uno podría pensar que en cualquier momento se iban a desprender para atravesarte como una piparra de los bares de txikitos.

 La típica piparra atravesada por un palillo. Pues lo mismo pero por una estalactita.

Cumplimos nuestro objetivo aventurero: pasamos la noche en la cueva, cazamos gamusinos y nos emborrachamos a base de kalimotxo y chupitos de vodka.

De madrugada vimos llegar unas luces de carburo sujetas a las cabezas de 3 espeleólogos, estos si, pertrechados con todo lo necesario para sobrevivir a las cuevas que debieron flipar con nosotros, de acampada en un sitio tan hostil. Y en aquella época no había móviles, ni GPS, ni lo intuíamos.

A la mañana siguiente emprendimos el camino de vuelta, con cierta resaca y gran ansiedad por salir de allí. No fue fácil. Especialmente la escarpada pared rocosa que, con las zapatillas húmedas, resbalaba como si fuese mantequilla. Bien es cierto que ignoro como pudimos salir de aquella aventura sin víctimas. Lo que puedo asegurar es que, cuando vimos la luz del sol (aquel día lo había) a mi se me saltaron las lágrimas. Pisar boñigas de vaca en el camino de descenso a la civilización fue como rebozarse en pigmentos de oro: era natural y no era mortal.

Como hacía bueno, nos fuimos a la playa a darnos un baño y quitarnos toda la desagradable sensación de encima.

Así lo viví yo. No sé como lo vivieron y como lo recordarán el resto de implicados en aquel viaje, pero yo siento que nunca he estado tan cerca de la muerte.

Bueno, si… En unas fiestas de Sarriko que se hicieron en la plaza de toros de Vistalegre, en Bilbao. Las fiestas de Sarriko (las facultades de Económicas y Empresariales) eran las que más gente convocaban. Todos los universitarios de la UPV estábamos allí, dándolo todo, bebiendo como el que más y disfrutando. Ahora se les llama macrobotellón. En aquel entonces bebíamos en katxis.

Aquella tarde de viernes no cabía un alma en la plaza de toros. Para pasar del tendido a la arena había que cruzar una pasarela que transitaba sobre el foso. La cuadrilla la enfilamos en el mismo momento en el que se estaba produciendo una avalancha humana y me vi con la mitad del cuerpo descolgado camino de estamparme contra el foso. Y muy agarrado a Jokin que si me iba yo él se venía conmigo.

Sobrevivimos a esa también y como habíamos bebido de más no le dimos mayor importancia pero ahora, con el tiempo y en mi recuerdo, podíamos realmente habernos estampado.

Las vidas son frágiles. Como las de las 6 espeleólogas que decidieron adentrarse en las cuevas desconocidas habitadas por seres que comen carne… humana.

 

 

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Hoy, 2 de mayo, los madrileños y las madrileñas se han lanzado a las calles para festejar que hace 202 años sus antepasados vencieron a los franceses en la guerra de la Independencia. Por tal motivo se considera el día de la Comunidad y muchos han tenido fiesta.

 

Yo, que ni soy madrileño ni he tenido fiesta, también me he echado a las calles (con Pedro) y he descubierto en la plaza de Oriente, frente al Palacio Real, todo un desfile de personas caracterizadas de militares de aquella época. Algunos, con sus intrumentos colgando, han interpretado temas del hit parade de la Independencia y los caballos se han cagado sin miramientos en el asfalto. Una mujer también, pero eso no nos ha hecho tanta gracia. Sin embargo, para ver que los servicios de limpieza del Ayuntamiento funcionan a las mil maravillas, los barrenderos se lanzaban a por las boñigas poco después de que tocaran el suelo. Vamos, que no quedaba ni sombra ni colorcillo. Impecables.

 Los caballos antes de cagar.

 La banda tocando temas que fueron número 1 en los 40 principales allá por 1800 y pico.

De entre toda la multitud hemos podido destacar a Fortunata y Jacinta que han abandonado momentáneamente sus aposentos y sus peleas de clase y de amor para disfrutar del desfile y bailar esos temas que en sus tiempos fueron tan populares.

 Fortunata y Jacinta un instante antes de ponerse a bailar “La bomba”. 

Cabe destacar, para los que no conozcan estos festejos, que las madrileñas que más sienten la fecha se disfrazan de GOYESCAS y otras de mamarrachas. Pero me centraré en las que van de GOYESCA. Podríamos decir que es un traje típico pero no. Es un traje de época. El vestido que se ponían las cortesanas para salir a pasear de la misma forma que ahora se ponen minifaldas y medias de rejilla y chamarras vaqueras. Hace 200 años las GOYESCAS no se llamaban GOYESCAS, digo yo. Se llamarían de otra forma que ahora no puedo decir porque no lo sé. Pero GOYESCAS es un término que deriva de Goya, pero no Goya Toledo, la actriz (¿actriz?) sino de Goya y Cifuentes, el pintor. ¿Y porqué? Pues porque en sus cuadros más costumbristas pintaba las cosas como eran y las mujeres vestían así, por costumbre. Igualmente, dentro de 200 años, cuando las mujeres de Madrid salgan a celebrar el 220 aniversario de la inauguración de Costa Polvoranca, nuestros descendientes dirán. “Mira, una Poligonera”, refiriéndose a aquellas que vayan disfrazadas con plataformas, braga-cinturón y escotes de “si no llega a ser por el piercing te veo el pezón”. Las tradiciones son así. Se perpetúan en el tiempo y en el espacio y las ves brillar aunque lleven miles de años muertas. ¿O esas son las estrellas?

 

Lo bonito de este festejo es que las nuevas generaciones los siguen disfrutando como el primer día, si no mirad a Goyita que, como no encontraba para ponerse un tocado de GOYESCA, se ha coronado con un puturrú de cutumelos de los más chic.

 Goyita.

 

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Estoy enamorado. O sería más apropiado decir que me he enamorado.

Esta mañana salí de casa para acudir a una reunión de trabajo. Y al pasar por los puestos de flores de Tirso de Molina un ramo me llamó la atención por encima de los demás. La base eran margaritas blancas pero, entre ellas, aparecían como mujeres de otros tiempos, unas GERBERAS que yo nunca había visto antes. Esa combinación de colores, esa sensación de transportarte al pasado, esa eclosión de matices, todo eso, me ha enamorado.

Y si. Me enamoro de las cosas efímeras porque de las relaciones largas me aburro. No te voy a decir que es uno de mis defectos porque tampoco creo que sea para tanto. Es simplemente una de mis características. Por eso mi romance con la GERBERAS antiguas ha durado lo que he tardado en comprarlas a la vuelta de la reunión y colocarlas en un jarrón. Aún así, cada vez que giro la cabeza de forma inesperada y me las encuentro me da un vuelco en corazón y una mariposa brota de su capullo en el interior de mi estomago.

 Alguna vez habías visto GERBERAS así? Audrey tampoco.

También he entrado en la frutería y he comprado puerros. ¿Hay algo más cinematográfico que los rabos de unos puerros asomando por una bolsa? Si, muchas cosas: la mirada de Michelle Pfeiffer, un atardecer en la playa, Monument Valley, una persecución de coches por las autopistas de Los Angeles, una escena de sexo entre Kevin Costner y cualquier otra actriz o actor, King Kong, cada vez que Meryl Streep abre la boca, Penélope Cruz con o sin Javier Bardem, el metro de Madrid, Nueva York en su totalidad, James Bond en Bilbao… Muchas cosas. Seguro que a ti se te ocurren otras tantas en un par de minutos que le dediques a este pensamiento. Pero hoy, en este instante, me han enamorado los rabos de los puerros asomando por la bolsa.

 Hermosos rabos. De puerro. 

Tenía naturalizado en mi mente que, al igual que los puerros, la lombarda también entraba dentro de las verduras permitidas en la dieta que estoy haciendo así que me he animado a comprar una de tamaño mediado. (Para resolver el misterio, si en algún momento se ha generado, diré que la lombarda no está entre las verduras admitidas pero lo he visto después de comerme un cuarto acompañando a la lechuga así que ya no tiene remedio). Al partirla por la mitad ese tono morado intenso, veteado de blanco, que por primera vez se exponía a la luz del sol, me ha enamorado. El intrincando juego al que se someten las hojas de la lombarda en su desarrollo, entrelazándose consigo mismas, es tan hermoso que he tenido que detener un instante el tiempo para llenarme de naturaleza. I love lombarda partida en dos.

 Lombarda partida en dos.  

Fíjate, en un momento me he enamorado 3 veces: Las GERBERAS de otro tiempo, los rabos de los puerros y la intrincada lombarda. Para que luego algunos y algunas digan que soy frío, sentimentalmente subdesarrollado y que tengo una tranca en el corazón. ¿Veis? No es verdad.

Y ahora si, ahora me pongo a trabajar.

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“El duelo más esperado de todo el planeta”, acaba de decir Pepe Ribagorda según ha empezado el informativo. Y he pensado yo: ¿Quién? ¿Angela Merkel contra Barack Obama? ¿Cristina Fernández de Kirtchner contra Mariano Rajoy? ¿Curas contra laicos? ¿Palomas contra gorriones? Pues no. Hablaba de fútbol. Por lo visto hoy se juega el enésimo clásico de la historia entre el Real Madrid y el Barcelona. Pues que quieres que te diga… Yo me lo voy a perder. Pepe continúa diciendo que van a ser los menos los que no sigan esta noche el partido. Pues encantado de no ser uno de esos 400 millones de personas que van a pegar la nariz a la televisión para ver a 22 millonarios (incluso multimillonarios) corriendo como borregos detrás de un balón. Y concluye la reportera: “La liga está en juego y nadie se la quiere perder”. Llámame nadie.

Luego nos quejaremos de cómo va el país si en un informativo nacional de una cadena generalista invierten sus 10 primeros minutos (al margen de la consabida sección de deportes) en hablar de un partido de fútbol.

¿Y qué es el fútbol? Relativicemos: 22 jugadores, 11 por equipo, que representan a una ciudad concreta (aunque no necesariamente sean de esa ciudad) y que han tenido el gran don de saber darle a una pelota con cierto tino. La pelota rueda atrás y adelante, atrás y adelante, por un campo de césped (en el Bernabéu se cuida como si fuesen hebras de oro) y, si tienen la fortuna de encajarla en una portería, se cuenta como un tanto a favor. Así durante 90 minutos. Si el partido es una final de algo y los equipos llegan empatados al cumplimiento de esa hora y media, se juega una prórroga. Y si la prórroga tampoco inclina la balanza hacia uno de los dos bandos, entonces comienza la tanda de penaltis, que a la gente le pone muy de los nervios porque ahí la suerte juega un factor muy importante.

Y sin embargo, algo tan básico, mueve millones de euros y de espectadores que sienten sus colores como si estuviesen pintados con su propia sangre. Y por defenderlos, algunos (solo algunos, seamos justos) se embarcan en altercados muy ruidosos en los que tiene que intervenir la policía porque cargan contra los enemigos y contra el mobiliario urbano… “Si no, que no lo hubiesen puesto ahí”, deben pensar. Otros vándalos (algunos, para seguir siendo justos) se encaraman a las estatuas, que deberían ser patrimonio de las ciudades, para gritar algaradas y proclamar consignas que casi siempre terminan en el reconocido mundialmente grito de “Oé, oeoeoé, oé oé”. Los más violentos, agrupados en peñas ultras, pueden llegar a propinar navajazos, patadas, golpes e, incluso, la muerte. Debe ser por estos por los que en Barcelona, esta noche, habrá un gran despliegue policial.

Recuerdo un evento que hicimos para el director creativo de una importante agencia de publicidad española en la que presentaba una ponencia hablando de porqué no le guardamos a las marcas la misma fidelidad (vitalicia en la mayoría de los casos) que le dedicamos al fútbol. Yo, personalmente, no lo sé. Ni me importa.

Y no solo no me importa sino que aprovecho los momentos en los que las personas se retiran a sus casas o a sus bares de confianza a ver los partidos importantes para hacer otras cosas con mayor sensación de libertad. Por ejemplo, aproveché los partidos de España durante el mundial de 2010 para ir a la piscina, al Lidl y al Retiro, ya que en los telediarios anunciaban con grandes titulares que todos los españoles estábamos siguiendo a la roja (que en este caso no es la menstruación, sino la selección española). Yo me decía: “Pues que fenomenal. Todo el supermercado para mi”. Pero que sorpresa se iban a llevar los periodistas si vieran que en las calles, en los polideportivos y en los cines había otros españoles, muchos, a los que el fútbol les importaba, básicamente, una mierda. Pero chico, tenemos tendencia a generalizar y eso nos excluyó a nosotros y a ese chico que leía “Anna Karenina” en la terraza del Marián Balón, un bar infestado de fanáticos de la roja, en Tirso de Molina.

El día que nació Alberto, que fue el mismo día que ganó la roja, yo estuve con Jose tirado en el Retiro, bajo la sombra de los árboles. Luego llegué a casa y estaba delante del ordenador escribiendo un documento cuando escuché unos gritos como prehistóricos entre los que pude captar la palabra “gol”. Y pensé: Pues ha debido marcar España. Y así fue, un único gol que les dio la victoria frente a Holanda. Pues felicidades, porque por una vez, por unas horas, todos los españoles (ejem) estuvimos (perdonad que generalice…) unidos en una única voz, un único clamor, un solo vociferio: “Yo soy español, español, español. Yo soy español, español, español…”. Pues que guay. Ese entusiasmo duró lo que tardó en pasar la caravana de futbolistas por las calles de Madrid. Ellos se fueron a dormir a sus chalés domotizados con piscinas más grandes que el lago de la Casa de Campo, con sus mujeres modelos de piernas kilométricas y su plasma home cinema tutipleni mientras el resto, osea nosotros, los que gritábamos, volvíamos a nuestras vidas en crisis. Ellos cada vez más ricos gracias a nosotros cada vez más pobres. Pero, ¿qué importa si había ganado España a algo tan importante y tan vital como el fútbol? Recuerda, 11 personas por cada equipo siguiendo una pelota adelante y atrás para conseguir meterla en algo llamado portería.

¡Fenomenal!

Me dijo mi madre (a la que le da igual el fútbol) que porqué no había visto al menos la final, que fue muy emocionante. Entonces me dediqué un momento para la reflexión. Y reflexioné que me encantaría que me gustase el fútbol, de verdad, en serio. Porque así tendría entretenimiento prácticamente diario, todos los días del año, todos los años de mi vida. Pero he preferido sufrir y esperar a que, una vez al año, allá por el mes de mayo, TVE nos programe Eurovisión. Y es que puestos a ser frikis…

Y dice Carme Chaparro, la copresentadora del informativo, que los cines y teatros van a estar prácticamente vacíos. Pues que sepas, querida, que me las he visto y deseado para conseguir entradas para ir a ver “Los juegos del hambre”… ¡Y en versión original!

  El balón. Sin ti no soy nada, una gota de lluvia mojando mi cara…

Bueno, pues han pasado casi dos años de aquel aciago día en el que la selección española de fútbol nos dio la alegría de nuestras vidas y si hoy, esta misma tarde, alguien en la Puerta del Sol se pusiera a gritar con orgullo: “Yo soy español, español, español…” pensaríamos que está loco. Un país sumido en una crisis total y absoluta, tanto económica como de valores. Un país en el que la iglesia y sus regentes tienen la potestad de hablar, opinar y sentenciar sobre nuestra libertad personal. Un país dirigido por una pandilla de incompetentes que pretenden hacernos salir de la crisis recortando nuestros derechos y haciéndonos pagar más por todo. Un país en el que consideramos la tortura y la agonía de un animal (ser vivo) arte y consideramos oportuno que se considere Patrimonio Cultural de la humanidad. Me detengo aquí un momento porque este tema me caldea la sangre: Si las corridas de toros fuesen proclives a convertirse en una expresión artística, todos los países del mundo tendrían corridas de toros. Y es que no hay ningún país del mundo que se resista a expresarse culturalmente a través de canales como la pintura, la escultura, la arquitectura, el cine, la música, la escritura e (incluso) el deporte. Dejémoslo en que las corridas de toros son una tradición cuestionable, por no decir despreciable, de este país que nos acoge.

En definitiva, un país que parece que las únicas alegrías que nos da es a través del deporte. Pan y circo, queridos.

¡Uh! Me he quedado muy desahogado. Y que conste que, como diría Belén Esteban, esta es mi opinión. Y si no te gusta tienes 2 opciones: 1.- Me lo dices y lo debatimos. 2.- Eres libre de no volver a leerme.

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Lo que es la SUGESTIÓN: me he bebido 3 botellines de agua pero estoy como borracho.

Serán las luces, será el entorno discotequero, serán los otros, pero se me ha subido el agua a la cabeza y ahora quiero bailar. Pedro y yo nos hemos adentrado en el brillante mundo del euroschlager para darlo todo a golpe del pum pum pum. Y casi lo conseguimos. Solo nos ha faltado un entorno más entregado y una tarima más alta. Y es posible que muchos de vosotros (o sea, tú y tú) os estéis preguntando qué es el euroschlager… Pues muy sencillo, es el schlager que se hace en Europa: música pegadiza, con estribillos bien altos y colofones en tachán con pose. Vamos, lo que viene a ser una canción eurovisiva. A mi el schlager me pone de buen humor, sea o no sea euro.

A la fiesta ha venido, desde la mismísima Suecia, Jenny Silver. Una cantante que ha intentado representar a su país en Eurovisión alguna que otra vez pero aún no lo ha conseguido, sin embargo, todos los presentes (excepto Pedro) conocíamos su hit “Something in your eyes” y todos los presentes (excepto Pedro) emulábamos su coreografía. Jenny lo ha dado todo a pesar de que le han puesto a cantar en una tarima forrada con una tela que se recogía sobre si misma y dejaba ver que lo que había debajo era un palé de los de cargar cajas de fruta encima. Para haberse tronzado un pie y ella es una diva, que lo mismo mañana tiene concierto en Malmö o inaugura una boutique en Göteborg. Un poco de respeto, por favor. Para más agravio, durante la primera y la segunda canción no le han iluminado con focos y nos hemos tenido que poner a echarle fotos con flash para poder verle un poco la cara, la expresión y los detalles coreográficos.

http://www.youtube.com/watch?v=kWL_MqsMiFk Aquí Jenny Silver cantando “Something in your eyes”, que en español vendría a ser “Legaña”.

Pero Jenny ha sido toda una profesional y ha terminado el miniconcierto cantando a capela el estribillo de “Piensa en mi”, después de decir (en inglés) que quería trabajar con Almodovar. Toma! Tú y todas, guapita de cara!

A modo de agradecimiento por su presencia y su entrega, la organización ha anunciado que Jenny iba a cambiarse de ropa y luego, todo el que quisiera, podía comprar su disco por 6 euros y ella, a cambio, lo firmaba divinamente y te podías echar una foto.

Jenny ha vuelto con una chaquetilla cuajada de plumas negras que más parecía un pájaro de mal agüero que una diva del schlager sueco. Quizá sea ese el motivo por el que le han reservado para su firma de discos una mesa alta junto a la máquina de tabaco y bajo unas palanganas de plástico de esas en las que los camareros más audaces recogen las copas vacías. Para ese entonces yo ya iba por mi tercer botellín de agua. Te puedes imaginar el estado en el que me encontraba. ¡Uhhhhh!

Tras la firma de discos, la organización ha sorteado 3 regalos consistentes en piezas de coleccionista del Melodifestivalen. ¿Que qué es el Melodifestivalen? Pues es el Festival que se organiza en Suecia para seleccionar la canción que representará al país en Eurovisión. Los suecos se lo toman muy en serio y organizan tremendo espectáculo, con globos y de todo. Además, parece ser, por lo que dicen, por lo que cuentan, por lo que se rumorea y por el reflejo en las casas de apuestas, que este año el triunfo se lo llevan a Estocolmo gracias a Loreen y su canción “Euphoria”. Yo creo que aún no todo está perdido y puede que Italia se alce (mira, como el mamífero) con el triunfo porque Nina Zilli lo hace muy bien y su canción, “L’amore e femmina” es muy buena. Boom Boom Boom.

No me ha tocado nada. Pero ahora, con carácter retrospectivo, y sabiendo lo que nos ha pasado después, no me importa. A esas alturas de la noche ya estaba todo el pescado vendido, así que, muy altivos, nos hemos marchado sin despedirnos de nadie y hemos emprendido el viaje de regreso a casa cruzando puntos muy escogidos de la geografía madrileña: Fuencarral, Vázquez de Mella (donde nos han hecho ojitos), Gran Vía y Sol.

Sol está hermoso de madrugada, con sus borrachos, sus kioskos abiertos las 24 horas del día, los coches de policía siempre alerta y las pijas esperando a un taxi que las lleve intactas a sus hogares. Allí me he comprado la Vanity Fair y me he puesto a leerla debajo del spiderman de la vidriera de El Corte Inglés. ¿Se puede ser más esnob? Si. Sin ir más lejos, la mismísima Eugenia Martínez de Irujo, hija de la Duquesa de Alba e hijastra de Alfonso Díez (con el que me crucé el miércoles en Becara. Todo, todo y todo está conectado) dice en la portada, a modo de titular y de sentencia vital: “Me aburre la alta sociedad”. Claro, a ella le gusta más rebozarse en la mierda con las gitanas de las Barranquillas. Si se le ve en la cara. En fin… Que fácil es para alguien que lo tiene todo (excepto belleza) decir que le aburre la alta sociedad, la alta costura o las recepciones en casa del embajador.

 Aquí servidor leyendo la Vanity Fair en la Puerta del Sol.

Y ahora, después de toda esta retahíla, llega lo realmente emocionante de la noche. Imagínate, 3 y pico de la madrugada y al doblar la esquina encontrarte de golpe con José Manuel Parada agarrado del brazo de Jenny Llada. ¡José Manuel Parada y Jenny Llada unidos por sus propios brazos! Se les veía cansados, esa es la verdad, porque venían de una fiesta que seguro que había organizado Rosa Valenty. Parada se había dado mechas rubias en el pelo y Jenny llevaba un cardado que, si hiciese sol, podría hacer sombra para toda una comunidad de vecinos.

Jose Manuel Parada y Jenni Llada en el homenaje a Javier de Montini Por si no les ponías cara, estos son Jenny Llada y José Manuel Parada en otro evento.

Entonces he recordado que Jenny Llada nos invitó una vez a su cumpleaños. Y nosotros, desagradecidos, fuimos pero no le llevamos regalo. La cosa ocurrió así… Las terrazas de Azca estaban promocionando sus espacios para hacer eventos y como por aquel entonces yo trabajaba en una agencia de idems, nos llegaron algunas invitaciones para asistir a los acontecimientos que allí tenían lugar. Y ese día tocaba el cumpleaños de Jenny Llada y allá que nos fuimos con nuestras mejores galas. La propia Jenny estaba en la puerta esperando a los invitados y recibiendo sus regalos. Llegó Arévalo, llegó Bárbara Rey, llegó Máximo Valverde, llegó alguna Miss España y no sé cuantitas tordas más. Y nosotros, que pasamos a hurtadillas para que Jenny no nos reclamara el presente que no le habíamos comprado. El catering fue muy cutre, te lo digo desde ya. Nos hicieron ponernos a todos en fila india para desembocar en unas urnas calientes de las que te servían un cazo de arroz pasado con un trozo de salchicha más perdida que un pato en el Manzanares, que decía Sabina. Yo lo dejé clarito: “No vuelvo más nunca al cumpleaños de Jenny Llada”. Y así ha sido.

Jenny Llada y José Manuel Parada a la altura de la catedral de San Isidro a las 3 y media de la noche y agarrados del brazo. Una imagen para el recuerdo del que, las absurdas que venían más allá, no han sido conscientes. Eran cuatro muchachas que rondaban los 20 años. Todas ellas con minifaldas tan cortas que se veía el principio de las bragas y calzadas sobre unos taconazos que tenían que ir amarradas unas a otras para no caerse. Pedro me ha recordado que caminaban como velocirraptores. Especímenes para el estudio. Entonces, al llegar a nuestra altura, Pedro se ha acercado a ellas y les ha dicho:

PEDRO: Vosotras sois ajenas, pero cien metros más adelante van Parada y Jenny Llada cogidos del brazo.

Y un velocirraptor ha gritado porque no se esperaba que nadie que no fuese amarrado a ella le dirigiera la palabra. Y el resto de velocirraptores han gritado guiadas por la inercia y toda la armonía generada tras largas horas de intentos se ha convertido en un infierno de chirridos. Menos mal que yo iba en mi mundo gracias al efecto de los 3 copazos de agua y me he podido aislar.

Ahora no tengo sueño y mañana me despertaré con resaca, pero no importa porque en ese cara a cara con la realidad ha ganado la SUGESTIÓN.

Mar, por cierto, en esta entrada me he acordado de ti,  ya sabes porqué. Cuchillada!!!